Cada vez son menos los que se atreven a ponerse la kamiseta.
Salta un fusible en el gobierno y Cristina Kirchner duda entre cambiarlo o dejarlo quemado.
Lo que pasa es que también son menos los aliados dispuestos a inmolarse.
Mientras millones de argentinos se hunden en la pobreza, ella va y viene de Santa Cruz como la reina de un país desarrollado.
Usa un avión de gran porte para trasladarse con un puñado de personas mientras miles soportan terribles temperaturas durante horas en el mismo aeropuerto adonde ella arriba fresca y rozagante en helicóptero.
Derrocha los ahorros de todos los ciudadanos para darse la mejor vida mientras el país navega por océanos de ruina. Concede deseos a todos los que puedan acelerar su propia caída, desde sindicalistas hasta piqueteros, como una forma de postergar el desenlace final.
En el ínterin, un grupo de políticos como Aníbal Fernández, Garré, Randazzo, Echegaray, Timerman y Boudou, entre otros, la acompañan en cada uno de sus actos y, como esos terroristas capaces de inmolarse por la causa, asumen como propias declaraciones y decisiones que les son ajenas. Más que funcionarios de primera línea parecen hombres bomba.
Entre todos protagonizan un espectáculo propio de una dictadura africana como Zimbabwe.
Me resulta difícil definir como una democracia a este sistema. Menos como una república federal.
Antes de quedar olvidada en la historia, Cristina Kirchner debería rendir cuentas ante los tribunales.
martes 28 de diciembre de 2010
Tengo aguante y no de ahora
¿Pero de qué calor me hablan?
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