miércoles 30 de noviembre de 2011

Esto recién empieza

Ayer, fui testigo de cómo una pavada puede convertirse en un hecho de violencia con consecuencias insospechadas.

Resulta que mientras esperaba en la puerta de un local de cerramientos, un individuo (no le cabe otro calificativo) que lavaba la vereda a manguerazos (justo un día martes, que está prohibido) comenzó a mojarme sin ningún tipo de escrúpulos.

No se trató de una simple salpicada. Me arrojó agua en las zapatillas y en el pantalón.

“Señora, ¿no ve que estoy aquí parado?”, le pregunté.

“Estoy trabajando”, me respondió. Y, a partir de allí, una catarata de insultos irreproducibles emanó de su boca, sin duda, peor que los de la barra brava de cualquier equipo de fútbol.

Llegó a decirme, vení, pegame. Jamás lo haría, le contesté, mientras sus insultos no se detenían.

A todo esto, desde el interior de la casa de cerramientos, los empleados y un policía –a los que no se les movia ni un pelo- observaban la escena.

Finalmente, cuando ingresé, le pregunté al agente de seguridad por qué no había intervenido al ver lo que estaba ocurriendo. “No vi nada”, fue la escueta respuesta del agente.

Encargué lo que precisaba y me fui. Al salir, nuevamente, la señora de la manguera continuó con más y más agravios.

Me pregunté muchas cosas. A qué podía deberse semejante nivel de violencia. Qué habría ocurrido si ella hubiera estado armada. Qué podría haber sucedido si el protagonista hubiese sido otra persona. En fin.

En síntesis, creo que, como lo manifesté en más de una oportunidad, el cotidiano discurso violento del gobierno nacional arroja sus frutos. En algunos casos, los finales son unos; en otros, son trágicos.

1 comentarios:

Martín Maglio dijo...

Hernán, te comprendo totalmente.
Este tipo de actitudes las veo constantemente en la escuela. Por cualquier pavada comienza una trifulca de proporciones.
La violencia enquistada, en crecimiento y, para peor, tomada como algo natural.